Describiendo el mundo - Johann y Marco
- johann celi
- 3 ago 2021
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 4 ago 2021

Gloria y dolor, la historia de un boxeador
En una esquina del cuadrilátero estaba Prichard Colón, un joven de 20 años, de una estatura alta; su cuerpo, de una tez bronceada y músculos definidos; las manos, símbolo de su fuerza, para derribar a sus oponentes eran grandes y duras; sus ojos, con una mirada penetrante para intimidar a su rival y soñadores con la visión de ser uno de los mejores boxeadores del mundo. En cada pelea mostró su valentía, sus movimientos fluían con naturalidad como pez en el agua. Además, este chico era muy carismático, alegre, optimista e incluso apasionado en cuanto a su amor al boxeo.
Los expertos en boxeo pronosticaron que él se iba a convertir en uno de los mejores luchadores a nivel mundial, pero el destino iba a cambiar la vida de este joven, manifestándose como el contrincante que destruiría la carrera de Colón. En el ring, ambos combatientes chocaron puños mutuamente hasta que uno fue derribado. En el noveno round, el joven boxeador se quejó sobre los golpes que recibía en la parte detrás de la cabeza, pero el referí no le presto mucha atención. La pelea término, debido a que Prichard no podía continuar. Como consecuencia fue descalificado; caminando al camerino, él se desmayó y fue llevado al hospital. Una vez que fue examinado, el médico informó sobre los daños que había recibido este boxeador los cuales eran graves, hasta el punto de provocarle un severo daño cerebral y dejándole en estado vegetativo.
Actualmente, Prichard Colón está postrado en una cama, las paredes de su habitación están cubiertas de varias imágenes sobre sus victorias para recordarle quién es. Por otro lado, todo su cuerpo está paralizado; sus manos, las cuales eran el símbolo de su fuerza se convirtieron en manos ordinarias, sin movimiento; y sus ojos oscuros, perdieron ese brillo soñador. Sin embargo, este no es el fin, solo es el comienzo de otra batalla.

El dojo, un lugar para entrenar el cuerpo y el espíritu

El dojo, como muchos lo conocen, es un lugar de descanso y confort. En él, como todos los días, se preparan los luchadores con arduo trabajo y disciplina, tal como su profesor les ha enseñado, pues lleva consigo el legado del arte marcial conocido como Muay Thai.
La idea de una persona soñadora con quien conocer este arte marcial fue lo mejor que me pudo haber pasado. El sensei (maestro) me ha dejado muchas enseñanzas, no sólo para el deporte sino para la vida.
Al finalizar cada entrenamiento, él siempre los forma y les enseña el respeto a sus compañeros, así como la motivación para ser mejores personas cada día que pasa. Tampoco puede faltar la foto del día en el tatami (tapiz acolchado) de color amarillo y negro que es testigo de cada gota de sudor que derraman sus atletas, quienes perfeccionan su técnica de lucha y resistencia ante cualquier adversario. Las manoplas con las que se entrena a diario, los cuchimbolos, las pesas y las llantas forman parte de la estructura de un linaje que tiempo atrás trajeron los maestros de antaño para las nuevas generaciones. Y es por ello que siempre será el mejor lugar para muchos.

Edición: Nicolás Dousdebés
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