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Pequeñas historias, Priscila, Benjamín y Karla

  • amenam3
  • 4 ago 2021
  • 4 Min. de lectura

 

La boda de mi abuela en el año 1967




A Mariana, desde niña le gustaba ir a eventos importantes tales como matrimonios, fiestas del barrio, cumpleaños, entre otros. Su mayor sueño era que sus padres le festejaran sus quince primaveras, pero era imposible debido que no había los recursos económicos suficientes para poder realizar dicha fiesta. Ella, con mucha tristeza, lo acepto.


Pasaron los años y le seguía gustando ir a las bodas; para ella era todo era de maravilla. Un día, caminando por la finca, conoció a José Artemio, un joven humilde y guapo. Sus miradas se reflejaron por primera vez. Empezaron a frecuentar la finca diariamente para conversar. Con el paso del tiempo se dieron cuenta que estaban enamorados y decidieron tener una relación, con la aceptación de los padres de ambos.


En el año 1967, José Artemio le pidió matrimonio a Mariana. Ella estaba demasiado feliz ya que uno de sus sueños era formar una familia. Sin embargo, el sitio que habían arrendado para celebrar su matrimonio ya no estaba disponible porque lo habían prestado para otro evento. Ellos, angustiados y sin saber qué hacer decidieron cambiar todos sus planes y realizarlo en la casa de Mariana. Ésta era muy humilde, de paredes de adobe. Entonces sentían mucho temor de que los invitados criticaran la vivienda. Por eso la arreglaron bien y todo quedó espectacular. Mariana recuerda la celebración de su matrimonio como el mejor día de su vida ya que lo disfrutó y se casó con el hombre que amaba.



Priscila Balcázar











 

Quemado por un Gustito


El miércoles 14 de julio del 2021, me preparaba para comenzar mis clases virtuales de la universidad. Tenía que conectarme a las 4:30 pm, por lo que a las 4 en punto se me antojaron unas papas fritas. Mi madre había comprado papas en el mercado ese día. Fui a la cocina, cogí seis papas, las más grandes, y las pelé. Encontré entre las viejas ollas una paila pequeña, la tomé y puse aceite a calentar. Mientras éste se calentaba, corté las papas y las lavé en agua. Después las sequé lo mejor posible para que el aceite no saltara mucho al meterlas en el aceite hirviendo.


Cuando este líquido estuvo a la temperatura adecuada metí las papas, tapé la paila para no ensuciar la cocina y esperé 6 minutos. Al terminar el tiempo, las retiré con una espumadera de plástico. Sin embargo, no noté que la espumadera tenía el mango suelto. Faltándome unas pocas papas por sacar del aceite, la espumadera se rompió y me quedé con el mango en la mano derecha, mientras que la parte que estaba empapada de aceite hirviendo cayó encima de mi mano izquierda. De inmediato no sentí el dolor por la adrenalina del momento pero mientras más tiempo pasaba, el dolor se intensificaba. La sensación era como de miles de agujas calientes o inyecciones se clavaban en mi mano. La mano se puso muy roja.


Fui con mi mamá para que me llevara al médico. Mi abuelo sacó el carro del garaje para llevarme de urgencia. Al llegar al consultorio, cerca de mi casa, tuvimos que esperar entre 10 – 15 minutos para que nos atendieran. El médico dijo que tenía quemaduras de segundo grado, me aplicó una crema para el dolor y dijo que no me preocupara, que no era nada serio. Volví a mi casa a las 6 de la tarde, me conecté a mis clases, aunque aún me dolía la mano y tuve que teclear con una solo mano por el resto del día. Y todo por un gustito...



Benjamín Mena












 

El viaje más largo


Era una mañana del viernes, cuando nos disponíamos a salir de casa, pues queríamos hacer un viaje hacia la ciudad de Mira, en la provincia del Carchi. Mi madre, junto conmigo y mi sobrina, tomamos tres buses hasta el terminal de Carcelén, caminamos varios pasos hacia las oficinas de la cooperativa Espejo. Fue ahí donde un señor, muy amablemente, nos dio las instrucciones que debíamos seguir una vez que estuviéramos dentro del autobús, por las medidas de Bio seguridad por la Covid-19. Siendo las ocho en punto, el chofer emprendió la marcha y salió rumbo al norte. Mi mamá le llamaba a mi hermana, quien se quedó en casa, para avisarle que estaba todo bien y que no se preocupara. Mientras mi sobrina y mi persona nos dispusimos a ver una película que se trasmitía en el bus.


Todo iba bien durante el trayecto por la carretera, pero fue unas horas más tarde cuando observé que el ayudante del chofer iba de atrás hacia adelante, recogía unas herramientas y realizaba unas llamadas desde su celular. Supuse que no era grave porque nadie decía nada. Entonces hicimos una parada en una gasolinera de Ibarra. El chofer pasó a la parte de atrás del bus y nos informó que se habían dañado unas bujías y que teníamos que esperar porque ellos si podían arreglarlo.


Pasaron más de tres horas tratando de solucionar ese problema, pero fue inútil, entonces fue ahí cuando mi mamá se bajó y les pregunto: ¿Cuánto tiempo más va a tardar eso? La gente se empezó a poner muy impaciente, hasta yo, lo admito. Nos decían una hora y pasaron varias sin resultado. Luego escuché que empezaron a llamar a la grúa para que viniera a llevarse el bus, pero y ¿los pasajeros, qué vamos a hacer, a dónde vamos? Mi madre revisó la hora en su celular, pues ya habíamos estado más de 6 horas en ese sitio, entonces nos dijo: recojan todo porque vamos a tomar otro bus, casi todas las personas hicieron lo mismo que nosotros. Caminamos hasta una parada de buses y nos subimos de inmediato. Pensábamos que nos llevaría a nuestro destino, pero nuevamente habíamos hecho una mala elección. La buseta se desvió y nos dejó en Pimampiro, a una hora o dos más lejos de nuestro destino.


Fue el viaje más largo que habíamos realizado, aunque no fue como esperábamos, también estuvo lleno de aventuras y risas por doquier. Estuvimos perdidas y pese a que nuestra travesía solo era de cuatro horas, éstas se convirtieron en casi dieciocho. Finalmente, llamamos a un primo para que nos recogiera después de un viaje muy cansado, pero a la vez emocionante. A pesar de que en ciertos momentos entrábamos en desesperación porque no podíamos hacer nada, pensábamos en que nos esperaba un hermoso lugar y los tíos que siempre nos reciben con amor ¡La espera siempre lo vale todo!


Karla Cando











Edición: Nicolás Dousdebés

 
 
 

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